
Granada · 1505
El Privilegio
del Vino.
Una ley insólita, tres siglos de viñas y una memoria que servimos copa a copa.
Acto I · La ley
Una ley insólita
para una ciudad recién reconquistada.
En 1505, apenas trece años después de la rendición de Granada, Fernando el Católico firmó una de las ordenanzas más singulares de la corona: en la ciudad solo podía beberse el vino nacido a tres leguas a la redonda. Ni un palmo más. Cualquier carga llegada de fuera quedaba detenida en las puertas de la ciudad.
La medida — formalmente una protección al productor local, en realidad una herramienta política y económica para consolidar la repoblación tras la Reconquista — convirtió la Vega de Granada en un mar de viñas durante los tres siglos siguientes.
Acto II · La Vega
Más de cien caserías,
guardas en los caminos.
Cada casería tenía su lagar, su bodega, su parcela en la Vega. Guardas apostados en los caminos a Antequera, Loja y Almuñécar interceptaban cualquier intento de contrabando. El vino granadino se defendía como un tesoro municipal — porque, en cierto modo, lo era.
Las variedades autóctonas — el Vigiriega, el Romé, la Pedro Ximénez de altura — se asentaron en los suelos calizos y arenosos de las laderas de Sierra Elvira y de la Vega. Vinos de altura, ligeros, con la mineralidad que da el agua fría que baja de Sierra Nevada.
Acto III · La excepción
La Alhambra,
siempre fue otra cosa.
La fortaleza nazarí, devenida palacio real cristiano, escapó al privilegio. Allí — en las dependencias de los reyes, en las celebraciones de la corte, en las mesas de los embajadores — siempre se bebió más, y mejor. Los vinos de Castilla, los vinos finos de Jerez, los caldos llegados desde Italia y Portugal pasaban sin trabas.
Aún hoy, una de las entradas monumentales del recinto conserva su nombre con dignidad: la Puerta del Vino. Tradiciones cruzadas: era el lugar donde se descargaban las cargas para el consumo de la población alhambreña, exentas del impuesto que pesaba sobre el resto del vino que entraba en la ciudad.
Acto IV · El fin
1812 — y después,
el cemento.
Las Cortes de Cádiz derogaron el privilegio en 1812. La filoxera, a finales del siglo XIX, arrasó las viñas que aún quedaban. Y a lo largo del XX el crecimiento urbano de Granada se comió la Vega — los pagos centenarios pasaron a ser polígonos, ronda de circunvalación, suelo industrial.
De aquella tierra de vinos que durante tres siglos había monopolizado lo que se bebía en la ciudad apenas queda hoy la memoria. Pequeñas bodegas familiares en las laderas, esfuerzos aislados por recuperar las variedades autóctonas, y la Puerta del Vino — muda, en piedra — recordando lo que fue.
Acto V · Hoy
Esa memoria
es la que servimos.
Nuestra carta — más de 160 referencias — no protege fronteras: las cruza. Recoge lo que aquella Granada quiso guardar y lo abre al mundo, copa a copa.
Vinos andaluces de pequeño productor — la Vega, la Contraviesa, los Montes de Málaga — conviven con borgoñas, riojas alteñas, riberas atípicas, vinos de Jerez, naturales del Loira, naranjas georgianos. No por exotismo, sino porque cada plato del menú degustación pide un acompañante distinto y nuestro sumiller Daniel Castro trabaja desde una idea sencilla: que el vino conteste a la cocina, no que la repita.
Porque aquí, como en cada pase, beber también es regresar.
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